
Él y ella...
Él no tiene nombre ni corazón. Sus amantes se lo robaron, se lo llevaron a un rincón, donde lo torturaron y lo dejaron a merced del tiempo.
Ella no posee ni nombre ni sentimientos, desecharlos fue su decisión, para no sufrir la infinita soledad que invadía su abandonado corazón.
Entre el sonido al caer de las gotas de agua, se entrelaza la melodía armónica de una guitarra.
Él es quien la toca, delicada y brutalmente acariciando las cuerdas. Sus dedos ágiles se deslizan por la cuerda floja, sin miedo a la equivocación y la ruptura del equilibrio, sin miedo por caer al vacío en el que ya se halló. No interrumpe su concierto, dejando fluir sus pensamientos con cada nota producida.
Sus gafas Ray- Ban tipo aviador ocultan sus pupilas, en las que la pasión crea un agujero negro succionador de miradas. En su iris un tsunami se puede producir, pues sus pulsaciones lo provocaran.
No crea una fachada, no hay engaños cuando crea belleza. Todas sus no personalidades se resquebrajan dejando a la luz el hueco que ha dejado su corazón despojado.
No hay publico, no hay mundo; solo esta él, tan solo él, él y la música, él y el arte... da igual lo ajeno, todo eso no importa porque solo encuentra paz en la música.
El sonido de unos zapatos retumba en el suelo mojado. Cada paso provoca que miles de partículas acuosas vuelen por los aires.
Ella camina vacilante, no sabe para donde tirar, no sabe cuál es su camino. Algo la arrastra pero no puede sentirlo, algo la obliga a tomar esa calle y no la otra, pero no se para a pensar en ello, no hay miedo en su interior, tampoco valentía ni siquiera un poco curiosidad, no hay nada.
Hace tiempo que no se ríe, que no se emociona, que no grita, que no llora... sabe que le falta algo, que ella decidió expulsarlo, pero con ello también dejó a un lado a la vida.
Mientras avanza por la resbaladiza calzada, un sonido embriagador serpentea a su alrededor para acabar acariciando sus orejas, introduciéndose en sus oídos, llegando al corazón, intentando romper la barrera de hormigón.
Sus ojos oscuros adornados por las largas pestañas no prestan atención a nada, permanecen vacíos, sin brillo, sin viveza. Sin embargo, en ese momento dentro de ellos palpita algo débilmente que con cada paso va obteniendo mas energía.
Esa energía provoca que bajo el diluvio empiece a correr, como si obligada debiera dirigirse a un lugar determinado.
La música navega por las calles, atravesando paredes y cristales. Rompe las barreras del sonido, deshace silencios de miles de años, impuesto para guardar secretos inconfesables. Penetra en cuerpos ajenos, arrancándoles los recuerdos apartados a un rincón del olvido.
Nada ha podido interrumpir la cascada melódica, salvo el eco de unos pasos lejanos, pero extrañamente cercanos.
Ella se detiene, Él se detiene. Enfrente uno del otro se observan con curiosidad, con inocencia, como unos chiquillos de escuela. Nadie más vaga bajo la llovizna, solo están ellos dos, inmóviles en un tiempo que solo les pertenece a ellos dos. Sus labios se mueven pronunciando palabras muertas, fugaces, insonoras.
Él la mira, como nunca ha mirado a nadie, empezando a sentir unos golpes dolorosos en el pecho, cortándole la respiración.
Ella lo observa, notando como algo vuelve a renacer en su interior invadiendo todo su ser de calor.
El contacto visual dura tan solo unos instantes alojados en la eternidad relativa, hasta que el rayo sentenciador cruza el cielo.Él vuelve a tocar, apartando sus ojos ocultos de los de Ella. Ella aparta sus empapados cabellos, caminando en dirección contraria, sin mirar hacia atrás, llevándose lo más dulce y amargo de ese momento que se evaporó, dejando a su paso un recuerdo abrasador.